Crítica de Arte · Filosofía contemporánea
La pornografía no es estética,
es anestésica
Sobre La salvación de lo bello, de Byung-Chul Han
Debo confesar que nunca he leído un libro de este autor y he quedado, tras su lectura, completamente encantado por su acierto en diagnosticar el Arte actual. Byung-Chul Han es un filósofo surcoreano afincado en Berlín que escribe con una precisión casi quirúrgica sobre las enfermedades de nuestro tiempo. La salvación de lo bello es, en apariencia, un ensayo sobre estética. En realidad, es una autopsia de la cultura contemporánea.
El punto de partida es deceptivamente sencillo: vivimos en la era de lo pulido. Las esculturas de Jeff Koons, los iPhones, la depilación integral. Han observa que todos estos objetos comparten una misma lógica: la eliminación de cualquier resistencia, de cualquier aspereza, de cualquier negatividad. Lo pulido no daña. No ofrece fricción. Solo provoca el reflejo pavloviano del "me gusta".
Pero esta lisa perfección, argumenta Han, no tiene nada que ver con la belleza. Tiene que ver con el consumo. El objeto pulido no es contemplado: es consumido. Y aquí reside el nudo central del libro.
Han traza una distinción que resulta iluminadora para entender el arte de hoy: la diferencia entre lo erótico y lo pornográfico. Lo erótico vive en la tensión entre el velo y el desvelamiento, en esa "puesta en escena de una aparición-desaparición". Lo pornográfico, en cambio, suprime el juego. Va directamente al asunto. Elimina la distracción, el rodeo, el misterio. Y al hacerlo, mata el deseo.
"La permanente presencia pornográfica de lo visible destruye lo imaginario. Paradójicamente, no da nada a ver." — Byung-Chul Han, La salvación de lo bello
Esta lógica pornográfica, sostiene Han, ha invadido el arte, la información y la política. El teatro contemporáneo que solo expone el conflicto desnudo sin tensión dramática. La fotografía que acerca tanto el objetivo que el cuerpo se convierte en un conjunto de órganos. La noticia que acumula datos sin construir sentido. Todos funcionan igual: la sobreexposición no ilumina, anestesia. Por eso Han afirma, con una frase que merece ser subrayada, que la belleza misma se vuelve pornográfica, y más aún: anestésica. Nos adormece justo cuando debería despertarnos.
El dramaturgo Botho Strauß lo resume con amargura al explicar por qué abandonó el teatro: quería ser un erotómano sobre el escenario, pero quienes mandan hoy son los pornógrafos. No porque pongan cuerpos desnudos, sino porque han eliminado toda vinculación, toda vicisitud, toda tensión que requiera al espectador participar con su imaginación.
Lo que Han reclama, en definitiva, no es puritanismo ni nostalgia. Es recuperar la experiencia estética como un encuentro real, que sacude, que deja huella, que exige algo de quien mira. La belleza no es un envoltorio agradable. Es una forma de conocimiento que opera a través de la resistencia, del extrañamiento, de lo que no se entrega de inmediato.
En un momento en que el arte se evalúa por el número de seguidores y las obras se diseñan para ser fotografiadas más que contempladas, el diagnóstico de Han suena con la urgencia de una alarma. No hemos llegado a la muerte del arte. Hemos llegado a algo quizá peor: a un arte que nos deja completamente indiferentes mientras nos convence de que lo estamos disfrutando.
Leer a Han es incómodo. Y esa incomodidad es, precisamente, la prueba de que sigue habiendo algo bello en el pensamiento.



