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viernes, 12 de junio de 2026

Lo Nuevo no es lo mejor. Nunca lo fue

Lo nuevo no es lo mejor. Nunca lo fue.

Teoría del arte

Lo nuevo no es
lo mejor.
Nunca lo fue.

La idea de que cada época supera artísticamente a la anterior es uno de los errores más persistentes —y más dañinos— que heredó la modernidad.

Un smartphone es objetivamente mejor que un teléfono de pared. La anestesia general supera al aguardiente. Pero ¿es Picasso objetivamente mejor que Velázquez? En cuanto uno formula la pregunta en voz alta, la absurdidad se hace evidente. Y sin embargo, la narrativa del progreso en arte ha estructurado la enseñanza, el mercado y la crítica durante siglos.

El problema de fondo es un error categorial. "Progreso" pertenece al dominio de la técnica y la ciencia: implica acumulación lineal, donde lo posterior resuelve problemas que lo anterior dejó sin solución. El arte, en cambio, no tiene un problema externo que resolver. Cada gran obra define sus propios criterios de éxito —y en eso, precisamente, reside su grandeza.

El perfeccionamiento técnico no es progreso artístico

La objeción más natural es la siguiente: los pintores renacentistas dominaron la perspectiva y la anatomía mejor que los medievales. ¿No es eso progreso? Sí, pero es progreso técnico, no artístico. Un icono bizantino no es un intento fallido de Rafael. Opera con una lógica radicalmente distinta: la frontalidad hierática, la escala jerárquica, la perspectiva invertida son soluciones a un problema diferente —la representación de lo sagrado, no la ilusión del espacio.

Cuando el Renacimiento "superó" el Medievo en términos perspectivos, también perdió algo: esa tensión entre lo material y lo trascendente que hace que un mosaico de Rávena todavía te detenga en seco. Las épocas no resuelven mejor el mismo problema; cambian el problema.

Un icono bizantino no es un intento fallido de Rafael. Es la respuesta correcta a una pregunta completamente distinta.

Vasari, el arquitecto del mito

El responsable más influyente de esta narrativa tiene nombre: Giorgio Vasari. En sus Vite organizó la historia del arte italiano en tres edades —un primer renacimiento torpe, uno maduro y una perfección final encarnada en Miguel Ángel— usando sistemáticamente el lenguaje orgánico del nacimiento, el crecimiento y la madurez. Una metáfora poderosa y completamente equivocada.

Las tradiciones artísticas no son organismos. No envejecen ni mueren de vejez. Pero una vez instalada esa metáfora, arrastra consigo toda la lógica del progreso biológico. Winckelmann, Hegel, incluso Greenberg en el siglo XX son deudores directos del esquema vasariano, aunque ninguno lo reconozca. El resultado fue una jerarquía que privilegiaba lo nuevo sobre lo duradero, la ruptura sobre la maestría —y que funcionó, en el fondo, más como ideología de mercado que como descripción real de la creación artística.

Lo que hay en lugar del progreso

Rechazar el progreso no significa que en arte no ocurra nada. Lo que hay es algo más interesante que una línea recta. Hay expansión del campo posible: cada época amplía el repertorio de lo que puede hacerse, pero sin que lo anterior quede obsoleto. Después de Velázquez, la pintura puede hacer cosas que antes no podía; Velázquez, sin embargo, no queda cancelado por eso.

Hay también un diálogo permanente entre tradiciones. Las grandes obras siempre hablan con el pasado —citándolo, deformándolo, contradiciéndolo. No lo superan: lo transforman desde dentro. Rembrandt no está superado por nadie. Simplemente está en otro punto del campo, igualmente accesible, igualmente vivo.

La consecuencia práctica

Si el progreso en arte es una ilusión, estudiar a Tiziano no es arqueología —es formación activa. La distancia temporal no degrada la utilidad de una obra como modelo o interlocutor. Y la obligación de estar "al día" pierde su urgencia tiránica: lo verdaderamente nuevo no es siempre lo más reciente, sino lo que aún no ha encontrado su lugar en el canon.

Que a veces ese lugar esté en el pasado, esperando ser redescubierto, es quizás la mejor prueba de que el arte no progresa. Simplemente, persiste.

Junio 2026 Teoría del arte

martes, 2 de junio de 2026

El rey Arturo y su mundo

Lancelot por D.F. Hidalgo

El Rey Arturo y su Mundo: De la Britania Romana a la Leyenda Medieval

El Rey Arturo y su Mundo: De la Britania Romana a la Leyenda Medieval

Un recorrido histórico y literario por el mito artúrico

Los Romanos y el Muro de Adriano

La historia del Rey Arturo se enraíza en el contexto de la Britania romana. En el siglo II d.C., el emperador Adriano ordenó la construcción de un imponente muro defensivo en el norte de la provincia, conocido como el Muro de Adriano. Esta fortificación, de aproximadamente 120 kilómetros, se erigió para contener las incursiones de los pictos y otras tribus del norte, marcando el límite septentrional del Imperio Romano en la isla.

La presencia romana en Britania introdujo una compleja sociedad romano-británica, con legiones, infraestructuras y una cultura híbrida. Entre los oficiales romanos destacados figura Lucius Artorius Castus, un comandante de caballería de la Legio VI Victrix, estacionada cerca del muro. Sus campañas contra invasores y su rol como dux han sido propuestos por algunos estudiosos como posible núcleo histórico del posterior mito de Arturo, aunque las evidencias son indirectas y debatidas.

La Caída de Roma y los Orígenes Legendarios

Tras la retirada de las últimas legiones romanas alrededor del año 410 d.C., Britania quedó expuesta a invasiones de sajones, anglos, jutos, pictos y escotos. En este período de transición, conocido como la Britania subromana, emergieron líderes locales que resistieron a los invasores germánicos. Fuentes como la *Historia Brittonum* (atribuida a Nennius, siglo IX) y los *Annales Cambriae* mencionan a un *dux bellorum* llamado Arturo, quien supuestamente lideró victorias británicas, entre ellas la batalla del Monte Badon (c. 500 d.C.).

Estos relatos, entremezclados con tradiciones celtas galesas, configuraron la figura de Arturo como un guerrero que defendía la civilización romano-cristiana frente al caos. Elementos míticos, como su asociación con el Otro Mundo celta, enriquecieron progresivamente la leyenda.

El Desarrollo Literario Medieval

La leyenda artúrica se consolidó en la literatura medieval europea. En el siglo XII, Godofredo de Monmouth, en su *Historia Regum Britanniae* (c. 1136), presentó una biografía detallada de Arturo como rey conquistador, hijo de Uther Pendragon, con el mago Merlín como consejero. Esta obra, aunque ficticia, influyó enormemente en la tradición.

Posteriormente, autores franceses como Chrétien de Troyes (siglo XII) introdujeron elementos caballerescos: la Mesa Redonda, los caballeros errantes, el amor cortés y la búsqueda del Santo Grial. Figuras como Lanzarote, Ginebra y Galahad enriquecieron el universo narrativo. La "Materia de Bretaña" se convirtió en un ciclo literario paneuropeo.

Estudios Modernos y Aportaciones Académicas

En el ámbito hispánico, destacados filólogos han contribuido al estudio de la literatura artúrica. Carlos García Gual ha analizado el mito en obras como *Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda*, ofreciendo una introducción esclarecedora al análisis literario del ciclo. Por su parte, Carlos Alvar, eminente medievalista y romanista, ha profundizado en la tradición a través de ediciones, traducciones y diccionarios especializados, como su *Diccionario de mitología artúrica*, iluminando las conexiones entre fuentes celtas, francesas y españolas.

El Culminante: Sir Thomas Malory y *La Muerte de Arturo*

La síntesis definitiva de la leyenda artúrica en inglés llegó en el siglo XV con Sir Thomas Malory. En *Le Morte d'Arthur* (1485), Malory compiló y adaptó diversas fuentes francesas e inglesas, narrando la ascensión de Arturo, el esplendor de Camelot, los ideales caballerescos, la traición de Mordred y la trágica caída del reino. Esta obra, impresa por William Caxton, fijó el canon moderno del mito, influyendo en adaptaciones literarias, artísticas y cinematográficas posteriores.

Así, desde las defensas romanas en el Muro de Adriano hasta la prosa caballeresca de Malory, el Rey Arturo trasciende la historia para encarnar ideales de liderazgo, honor y tragedia humana.

(David Fernández Hidalgo)

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