Roberto Ferri
el sufrimiento de las ánimas
Recuerdo la exposición de Roberto en el MEAM como un gran acontecimiento en el mundo del arte figurativo. No fue simplemente una muestra más en el calendario de un museo que ya de por sí defiende con dignidad la pintura de nuestro tiempo: fue una declaración de principios. Aquel verano de 2021, tras meses en los que el arte había vivido confinado igual que nosotros, el Palacio Gomis abrió sus salas a Introspettiva, y Barcelona recibió por primera vez, de forma íntegra, la obra de uno de los pintores más perturbadores y necesarios de la figuración contemporánea.
Roberto Ferri, nacido en Taranto en 1978, llegaba a Barcelona precedido de un título que se le repite hasta el desgaste —el nuevo Caravaggio— y que, sin embargo, en su caso no suena a hipérbole vacía. Cuando uno se planta frente a sus lienzos entiende de inmediato por qué la crítica insiste en ese nombre. No es solo el manejo del claroscuro, heredado con fidelidad casi devocional del maestro lombardo; es la forma en que Ferri entiende la carne como territorio del drama, como superficie donde se libra una batalla entre lo divino y lo abyecto. El MEAM reunió cuarenta y seis obras —treinta pinturas y dieciséis dibujos—, un conjunto que permitía recorrer no solo la técnica del artista, sino su cosmovisión completa.
Un barroco que no cita, que reencarna
Hay una diferencia fundamental entre el pintor que cita el pasado y el que lo reencarna. Ferri pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría. Su pincelada no busca el pastiche academicista ni el ejercicio de estilo vacío de tantos "neoclasicismos" decorativos que pueblan el mercado del arte figurativo actual. Lo que Ferri hace es mucho más arriesgado: se apropia de la gramática visual del Barroco —la tensión diagonal de las composiciones, la luz que esculpe más que ilumina, los cuerpos que se retuercen en un éxtasis que no sabemos si es sagrado o simplemente carnal— y la pone al servicio de una angustia contemporánea, profundamente psicológica, casi surrealista en su exploración del inconsciente.
En sus lienzos conviven sin fricción aparente Caravaggio y Bernini con Ingres, con Géricault, incluso con los ecos oníricos de Dalí, a quien el propio artista ha reconocido como influencia. Esa capacidad de síntesis —de digerir cuatro siglos de pintura occidental sin que el resultado parezca collage sino organismo vivo— es, para mí, la mayor proeza técnica e intelectual de su obra. No es un pintor que mira hacia atrás por nostalgia; es un pintor que entiende que el lenguaje de los grandes maestros sigue siendo el más preciso para hablar del sufrimiento humano.
"Mi punto de referencia es claramente Caravaggio, mi gran amor inicial. También estoy influenciado por Salvador Dalí respecto al elemento onírico presente en mi obra." Roberto Ferri, en la presentación de Introspettiva
El sufrimiento de las ánimas
Si hay un hilo conductor que atraviesa toda la muestra, y que da título a esta reflexión, es el sufrimiento como estado permanente del cuerpo pintado. Los personajes de Ferri no posan: padecen. Se contorsionan, se entregan, se debaten entre el placer y el tormento en composiciones que recuerdan tanto al éxtasis de Santa Teresa como a las escenas de martirio de la pintura contrarreformista, pero despojadas de toda certeza teológica. Aquí no hay redención garantizada. Hay solo la intensidad del instante, la carne como campo de batalla entre lo sublime y lo grotesco.
Esta es, quizás, la clave que distingue a Ferri de tantos pintores hiperrealistas contemporáneos que confunden la destreza técnica con la profundidad expresiva. La técnica de Ferri —esa precisión anatómica que roza lo fotográfico, esa capacidad para modelar la piel con veladuras que parecen respirar— nunca es un fin en sí misma. Es el vehículo de una angustia existencial muy reconocible para cualquiera que haya mirado de frente el propio abismo. Sus ánimas sufren porque están vivas, porque el deseo y el dolor son, en su pintura, la misma sustancia.
Lo sacro y lo profano, sin frontera
Lo que más me impresionó al recorrer las salas del Palacio Gomis fue comprobar hasta qué punto Ferri se mueve con la misma autoridad en el encargo religioso —ha pintado escenas del Vía Crucis para la catedral de Noto, en Sicilia, y ha retratado al Papa Francisco— que en la exploración más descarnada del erotismo y el subconsciente. Esta doble pertenencia no es contradicción, sino coherencia profunda: en la tradición barroca que Ferri reivindica, lo sacro y lo profano nunca estuvieron realmente separados. El cuerpo que sufre el martirio y el cuerpo que goza del deseo comparten la misma anatomía, la misma tensión muscular, el mismo gesto de entrega absoluta.
Como pintor que trabajo también dentro de la tradición figurativa clásica, entiendo perfectamente la dificultad de ese equilibrio. Es fácil caer en la ñoñería cuando se pinta lo sacro, y es igual de fácil caer en la vulgaridad cuando se pinta el deseo. Ferri evita ambas trampas porque nunca ilustra: encarna. Sus cuerpos no representan una idea de sufrimiento o de éxtasis, la contienen, la sudan literalmente a través de la textura del óleo.
Por qué esta exposición importó
En un panorama del arte contemporáneo dominado durante décadas por el concepto, la instalación y la desmaterialización del oficio pictórico, la irrupción de Ferri —y de exposiciones como esta en instituciones como el MEAM— tiene un valor que va más allá de lo estético. Es una reivindicación silenciosa pero contundente de que la pintura figurativa, lejos de ser un ejercicio nostálgico o un simple divertimento técnico, sigue siendo capaz de generar significado, de incomodar, de conmover con la misma fuerza que hace cuatrocientos años.
Recuerdo salir de aquella exposición con la sensación clara de haber presenciado algo que trasciende la anécdota museística. Introspettiva no fue solamente una muestra bien comisariada de un pintor virtuoso; fue la constatación pública de que el lenguaje del Barroco, entendido no como estilo sino como actitud ante la existencia, sigue teniendo algo urgente que decirnos. Roberto Ferri no pinta ángeles caídos ni mártires como ejercicio de erudición histórica. Pinta el sufrimiento como condición permanente del alma encarnada, y en eso, quizá, resida su mayor y más incómoda modernidad.


