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martes, 12 de mayo de 2026

La alegoría reinventada: símbolos contemporáneos en la pintura actual

 

Kehinde Wiley
 

Durante siglos, la alegoría fue un lenguaje codificado y compartido: una mujer con los ojos vendados sostenía una balanza para representar la justicia, un esqueleto recordaba la fugacidad de la vida y una manzana podía contener todo el peso del pecado original. Aquel diccionario visual, heredado del Renacimiento y consolidado por el Barroco, parecía haberse agotado con la llegada de las vanguardias del siglo XX, que apostaron por la abstracción, el gesto puro o la ironía conceptual. Sin embargo, la pintura del siglo XXI ha demostrado que la alegoría no ha muerto: se ha transformado, ha cambiado de vestuario y ha aprendido a hablar de los conflictos que definen nuestra época.

 Del mito clásico al titular cotidiano
Si en el pasado los pintores recurrían a la mitología grecolatina o a la iconografía cristiana, hoy los artistas extraen sus símbolos del cine, la publicidad, las redes sociales y la cultura del consumo. El estadounidense Kehinde Wiley reescribe los retratos ecuestres barrocos sustituyendo a reyes europeos por jóvenes afroamericanos vestidos con ropa urbana, convirtiendo el gesto del poder en una alegoría de la representación y la dignidad negada. El rumano Adrian Ghenie pinta paisajes turbios en los que el rostro de Darwin o de un dictador se deshace entre pinceladas, sugiriendo que la historia es una mancha que no termina de secarse.

A. Ghenie

 Los nuevos cuatro jinetes
Si la tradición tenía sus pestes, guerras y muertes, la pintura actual ha forjado su propio panteón de amenazas. El cambio climático aparece en los lienzos hiperrealistas de Alexis Rockman como junglas anegadas y especies híbridas que anticipan un futuro posthumano. La vigilancia tecnológica se cuela en las obras de Trevor Paglen, donde cámaras, drones y satélites adquieren la solemnidad que antes tenían los ángeles custodios. El alemán Neo Rauch construye escenas oníricas en las que obreros, soldados y burgueses conviven en un tiempo imposible, alegoría de una Europa que todavía no sabe qué hacer con sus fantasmas ideológicos.

A. Rockman

El consumo desbordado también ha encontrado a sus pintores. Las muñecas inquietantes de Mark Ryden, rodeadas de carne cruda, dulces y logotipos, funcionan como vanitas pop: nos recuerdan que la abundancia visual contemporánea esconde una pulsión de muerte parecida a la que perseguía a los maestros holandeses del siglo XVII.

 El cuerpo como territorio simbólico
Otra línea fundamental de la alegoría actual coloca el cuerpo en el centro del relato. Marlene Dumas pinta rostros borrosos, casi disueltos, que encarnan duelo, deseo o estigma sin necesidad de atributos clásicos: el propio gesto pictórico se vuelve significado. Jenny Saville, por su parte, presenta cuerpos monumentales y abiertos que dialogan con la tradición de la carne sufriente cristiana, pero los desplaza hacia debates contemporáneos sobre género, cirugía y autodeterminación.

J. Saville

¿Por qué vuelve la alegoría?
Quizá la respuesta esté en la saturación de imágenes. En un mundo donde las fotografías circulan por millones cada segundo y la inteligencia artificial genera escenas indistinguibles de la realidad, la pintura recupera su antigua función: detener el ojo, obligarlo a leer en capas, exigir tiempo. La alegoría contemporánea no busca confirmar verdades estables, como hacía la barroca, sino abrir preguntas incómodas sobre el poder, la identidad, el planeta y la memoria.
Por eso resurge con fuerza en bienales y museos: porque seguimos necesitando imágenes que digan más de lo que muestran, símbolos capaces de condensar la complejidad de un presente que a menudo se nos escapa entre las manos.


Para seguir leyendo:
      Walter Benjamin, El origen del drama barroco alemán (1928). 
      Hal Foster, El retorno de lo Real (1996). 
      Suzanne Hudson, Painting Now (Thames & Hudson, 2015). 



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