Imagina a un hombre que, en medio del estruendo de las vanguardias y la abstracción del siglo XX, decidió que la verdadera revolución residía en la perfección del trazo y la calma del estudio. Ese hombre era Fernando Labrada. Su historia comienza en la Málaga de finales del siglo XIX, pero su espíritu pertenecía al Renacimiento. Desde muy joven, Labrada demostró una habilidad casi obsesiva por el dibujo, una disciplina que lo llevó a Madrid para formarse con los mejores. Sin embargo, lo que realmente lo definió no fue solo su talento, sino su resistencia estética: mientras el mundo del arte se fragmentaba en cubos y manchas, él se dedicó a rescatar la elegancia de la forma humana y la precisión de la luz.
El Caballero de la Pintura.
Caminar frente a un cuadro de Labrada es como entrar en una habitación donde el tiempo se ha detenido. Se especializó en retratos femeninos que no solo buscaban el parecido físico, sino una especie de dignidad aristocrática y melancólica. Sus modelos parecen suspendidas en un silencio sepulcral, pintadas con una técnica tan pulcra que parece que el pincel apenas hubiera tocado el lienzo.
El Alquimista del Metal
Pero donde Labrada se convirtió en una leyenda fue en la soledad de su taller de grabado. Allí, frente a las planchas de cobre, se transformaba en un artesano minucioso. Con el buril en mano, era capaz de crear sombras y texturas que parecían imposibles para el metal. Se decía que nadie en España dominaba la calcografía con tanta maestría como él; no se limitaba a reproducir una imagen, sino que esculpía la luz sobre el papel.
El Maestro de Maestros
Su legado más profundo, sin embargo, no está solo en los museos, sino en las manos de sus alumnos. Como director de la Real Academia de San Fernando y de la Academia de Roma, Labrada se convirtió en el gran custodio del oficio. Para él, el arte no era solo inspiración, sino un trabajo de rigor, paciencia y respeto por la tradición. Al final de su vida en 1977, Fernando Labrada dejó tras de sí la imagen de un artista que nunca necesitó gritar para ser escuchado. Fue el pintor que nos recordó que, por muy rápido que corra el mundo, siempre habrá un lugar para la belleza serena y el trabajo bien hecho.





