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lunes, 16 de febrero de 2026

Fernando Labrada, la obsesión por la perfección.

 


Imagina a un hombre que, en medio del estruendo de las vanguardias y la abstracción del siglo XX, decidió que la verdadera revolución residía en la perfección del trazo y la calma del estudio. Ese hombre era Fernando Labrada. Su historia comienza en la Málaga de finales del siglo XIX, pero su espíritu pertenecía al Renacimiento. Desde muy joven, Labrada demostró una habilidad casi obsesiva por el dibujo, una disciplina que lo llevó a Madrid para formarse con los mejores. Sin embargo, lo que realmente lo definió no fue solo su talento, sino su resistencia estética: mientras el mundo del arte se fragmentaba en cubos y manchas, él se dedicó a rescatar la elegancia de la forma humana y la precisión de la luz.


 

 El Caballero de la Pintura.

 Caminar frente a un cuadro de Labrada es como entrar en una habitación donde el tiempo se ha detenido. Se especializó en retratos femeninos que no solo buscaban el parecido físico, sino una especie de dignidad aristocrática y melancólica. Sus modelos parecen suspendidas en un silencio sepulcral, pintadas con una técnica tan pulcra que parece que el pincel apenas hubiera tocado el lienzo. 


 

El Alquimista del Metal

 Pero donde Labrada se convirtió en una leyenda fue en la soledad de su taller de grabado. Allí, frente a las planchas de cobre, se transformaba en un artesano minucioso. Con el buril en mano, era capaz de crear sombras y texturas que parecían imposibles para el metal. Se decía que nadie en España dominaba la calcografía con tanta maestría como él; no se limitaba a reproducir una imagen, sino que esculpía la luz sobre el papel.


 

 El Maestro de Maestros

 Su legado más profundo, sin embargo, no está solo en los museos, sino en las manos de sus alumnos. Como director de la Real Academia de San Fernando y de la Academia de Roma, Labrada se convirtió en el gran custodio del oficio. Para él, el arte no era solo inspiración, sino un trabajo de rigor, paciencia y respeto por la tradición. Al final de su vida en 1977, Fernando Labrada dejó tras de sí la imagen de un artista que nunca necesitó gritar para ser escuchado. Fue el pintor que nos recordó que, por muy rápido que corra el mundo, siempre habrá un lugar para la belleza serena y el trabajo bien hecho.


 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Arte con IA: una postura crítica y, al mismo tiempo, curiosa.

 

 


 

El debate sobre el arte con IA está cargado de emoción, incertidumbre y también de una enorme posibilidad. No estamos ante una simple herramienta nueva, sino ante un cambio de paradigma que toca cuestiones profundas: autoría, creatividad, oficio, mercado, ética y hasta identidad artística.

Por un lado, es evidente que hay miedo. Miedo a la sustitución, a la pérdida de valor del trabajo humano, a la banalización de la técnica, a que el esfuerzo de años se vea eclipsado por algoritmos capaces de producir imágenes en segundos. Ese miedo es comprensible. Cada gran revolución tecnológica en el arte —la fotografía, el cine, lo digital— generó reacciones similares. Pero que exista miedo no significa que debamos cerrarnos. Podemos mantener una postura crítica y, al mismo tiempo, curiosa. Podrían ocurrir cosas extraordinarias y también cosas terribles; simplemente no lo sabemos. La historia demuestra que las herramientas no determinan por sí solas el resultado cultural: lo determinan las personas que las usan.

Por otro lado, el auge de la IA ya está transformando el mundo del arte y continuará haciéndolo de maneras que aún no podemos imaginar. Está cambiando los procesos creativos, los tiempos de producción, la relación entre idea y ejecución, el acceso a la experimentación visual y sonora. Está democratizando ciertas posibilidades técnicas, pero también generando nuevos debates sobre derechos de autor y originalidad. En algunos casos, la IA actúa como asistente; en otros, como colaboradora; y en otros, como competidora directa. Y probablemente surjan formatos híbridos que hoy ni siquiera concebimos.

Una de las cuestiones centrales es: ¿qué valoramos en el arte? ¿La destreza manual? ¿La intención? ¿La experiencia humana detrás de la obra? Si el arte es expresión de una conciencia, la IA no reemplaza al artista; si el arte es únicamente el resultado visual final, entonces el debate se vuelve más incómodo. Tal vez la diferencia futura no esté en la herramienta, sino en la profundidad conceptual, en la mirada crítica, en la capacidad de construir significado.

También hay un riesgo real: la saturación visual, la homogeneización estética, la pérdida de singularidad. Pero también existe una oportunidad: ampliar el campo creativo, explorar combinaciones imposibles, acelerar la fase experimental y dedicar más energía a la parte conceptual.

En definitiva, la IA no es el fin del arte, sino el inicio de una nueva etapa. Como en otras revoluciones, algunos modelos desaparecerán, otros se transformarán y surgirán prácticas que redefinirán lo que entendemos por creación. La clave quizá no sea resistirse sin más, ni abrazarla acríticamente, sino aprender a convivir con ella desde la reflexión, la ética y la curiosidad intelectual.


Fernando Labrada, la obsesión por la perfección.

  Imagina a un hombre que, en medio del estruendo de las vanguardias y la abstracción del siglo XX, decidió que la verdadera revolución resi...