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domingo, 28 de junio de 2026

La pornografía no es estética, es anestésica

La pornografía no es estética, es anestésica

Crítica de Arte  ·  Filosofía contemporánea

La pornografía no es estética,
es anestésica

Sobre La salvación de lo bello, de Byung-Chul Han

Reseña · Lectura: 4 min

Debo confesar que nunca he leído un libro de este autor y he quedado, tras su lectura, completamente encantado por su acierto en diagnosticar el Arte actual. Byung-Chul Han es un filósofo surcoreano afincado en Berlín que escribe con una precisión casi quirúrgica sobre las enfermedades de nuestro tiempo. La salvación de lo bello es, en apariencia, un ensayo sobre estética. En realidad, es una autopsia de la cultura contemporánea.

El punto de partida es deceptivamente sencillo: vivimos en la era de lo pulido. Las esculturas de Jeff Koons, los iPhones, la depilación integral. Han observa que todos estos objetos comparten una misma lógica: la eliminación de cualquier resistencia, de cualquier aspereza, de cualquier negatividad. Lo pulido no daña. No ofrece fricción. Solo provoca el reflejo pavloviano del "me gusta".

Pero esta lisa perfección, argumenta Han, no tiene nada que ver con la belleza. Tiene que ver con el consumo. El objeto pulido no es contemplado: es consumido. Y aquí reside el nudo central del libro.

La belleza verdadera exige distancia, ocultamiento, algo que permanezca velado. La pornografía, por el contrario, lo muestra todo, sin reserva ni misterio. Y al mostrarlo todo, paradójicamente, no da nada a ver.

Han traza una distinción que resulta iluminadora para entender el arte de hoy: la diferencia entre lo erótico y lo pornográfico. Lo erótico vive en la tensión entre el velo y el desvelamiento, en esa "puesta en escena de una aparición-desaparición". Lo pornográfico, en cambio, suprime el juego. Va directamente al asunto. Elimina la distracción, el rodeo, el misterio. Y al hacerlo, mata el deseo.

"La permanente presencia pornográfica de lo visible destruye lo imaginario. Paradójicamente, no da nada a ver." — Byung-Chul Han, La salvación de lo bello

Esta lógica pornográfica, sostiene Han, ha invadido el arte, la información y la política. El teatro contemporáneo que solo expone el conflicto desnudo sin tensión dramática. La fotografía que acerca tanto el objetivo que el cuerpo se convierte en un conjunto de órganos. La noticia que acumula datos sin construir sentido. Todos funcionan igual: la sobreexposición no ilumina, anestesia. Por eso Han afirma, con una frase que merece ser subrayada, que la belleza misma se vuelve pornográfica, y más aún: anestésica. Nos adormece justo cuando debería despertarnos.

El dramaturgo Botho Strauß lo resume con amargura al explicar por qué abandonó el teatro: quería ser un erotómano sobre el escenario, pero quienes mandan hoy son los pornógrafos. No porque pongan cuerpos desnudos, sino porque han eliminado toda vinculación, toda vicisitud, toda tensión que requiera al espectador participar con su imaginación.

Lo que Han reclama, en definitiva, no es puritanismo ni nostalgia. Es recuperar la experiencia estética como un encuentro real, que sacude, que deja huella, que exige algo de quien mira. La belleza no es un envoltorio agradable. Es una forma de conocimiento que opera a través de la resistencia, del extrañamiento, de lo que no se entrega de inmediato.

En un momento en que el arte se evalúa por el número de seguidores y las obras se diseñan para ser fotografiadas más que contempladas, el diagnóstico de Han suena con la urgencia de una alarma. No hemos llegado a la muerte del arte. Hemos llegado a algo quizá peor: a un arte que nos deja completamente indiferentes mientras nos convence de que lo estamos disfrutando.

Leer a Han es incómodo. Y esa incomodidad es, precisamente, la prueba de que sigue habiendo algo bello en el pensamiento.

miércoles, 17 de junio de 2026

Serge Marshennikov — La belleza como silencio

Serge Marshennikov — La belleza como silencio

Pintura · Figura · Realismo contemporáneo

La quietud
como lenguaje

El mundo silencioso de Serge Marshennikov

D.F. Hidalgo  ·  junio 2026

Hay pintores que gritan y pintores que susurran. Serge Marshennikov pertenece a estos últimos, y en ese susurro reside toda su fuerza. Nacido en Ufa (Rusia) en 1964 y formado en la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo, Marshennikov trabaja dentro de la tradición del realismo académico ruso, una escuela que nunca renunció a la figura ni a la destreza técnica cuando el resto del mundo miraba hacia otro lado.

Su obra es, en apariencia, sencilla: mujeres jóvenes en interiores silenciosos, a contraluz suave, rodeadas de telas, libros o sombras. Pero esa aparente sencillez es una trampa deliberada. Lo que Marshennikov pinta no es una modelo ni una escena doméstica. Pinta el instante anterior al pensamiento, ese espacio de suspensión en el que una persona existe sin saberlo. Sus figuras no posan; habitan.

El silencio no es la ausencia de algo. Es la presencia de todo lo que no necesita ser dicho.

— sobre la obra de Marshennikov

Técnicamente, su dominio de la luz es el eje de todo. Trabaja con una paleta cálida y contenida, evitando los blancos brillantes en favor de los marfiles envejecidos y las sombras cargadas de color. La luz no ilumina sus cuadros: los penetra. Los ropajes —telas ligeras, encajes, linos— están pintados con una convicción táctil que recuerda a los maestros holandeses, pero sin el peso frío de ese referente; aquí todo respira.

Lo que distingue a Marshennikov de otros hiperrealistas contemporáneos es su contención emocional. No hay drama, ni teatralidad, ni mensaje declarado. En su lugar, una especie de melancolía suave que el espectador completa por sí solo. Sus cuadros son espacios abiertos a la proyección: cada quien ve en ellos lo que trae consigo. Esa apertura no es vacío, sino precisión psicológica extrema.

En un tiempo en que la pintura figurativa exige constantemente justificarse ante la conceptualidad o la ironía, Marshennikov pinta como si esa discusión no existiera. No le hace falta. Su argumento es la obra misma: la demostración de que la belleza pintada con maestría y honestidad no requiere otra coartada. Cada cuadro es una afirmación tranquila y total de que el oficio, cuando se domina en profundidad, tiene algo que decir que ningún otro lenguaje puede decir igual.

Para quien trabaja el retrato y la figura, su obra plantea una pregunta esencial: ¿cuánto del cuadro debe ser del pintor, y cuánto debe quedar libre para quien mira? Marshennikov responde sin palabras, como suele hacer. Se retira. Y en ese retiro, aparece todo.

D.F. Hidalgo es pintor al óleo especializado en retrato y belleza idealizada.
Escribe sobre pintura, psicología del arte y proceso creativo.

Roberto Ferri, el sufrimiento de las ánimas.

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